Claro
está que se puede ganar muy bien, quizás
hasta más de lo que uno espera inclusive, pero
a la vez nos preguntamos -y no con poca frecuencia-: ¿Verdaderamente
me gustará lo que voy a hacer?
¿Este
nuevo rol significará, con objetividad, un
reto grande para mi desarrollo de carrera?
¿Aprenderé nuevas cosas? ¿Me
capacitaré? La cultura de valores de esta
organización ¿Calzará realmente
con mi tabla de valores? ¿Va a representar
o no un valor agregado en mi Hoja de Vida? Todos
estos aspectos y otros adicionales, se suman al
monto total de su propio “Salario Emocional”.
Convengamos, entonces, que el salario emocional
trasciende a esferas realmente importantes de nuestra
vida y el óptimo desarrollo profesional y
que las variables necesarias para decidir bien o
mal por un empleo de calidad y que, a su vez, nos
satisfaga plenamente, dependerá de “elegir
bien” o de “elegir mal”.
Visto desde
este ángulo, se deberá medir bien
el sentido auténtico
que le damos a nuestras vidas en este acto de la
entrevista de trabajo (el de su entrevista y/o secuencia
de entrevistas...), pues se tendrá que cuantificar
-en mente ágil- las horas de sacrificio que
le restará a la familia al desempeñarlo,
medirá internamente el sentimiento de satisfacción
en el logro y los desafíos nuevos; además,
también tendrá que evaluar si el estar
ahí es la industria correcta o el sector
que más le gusta. Finalmente, esta evaluación
personal que realice mientras va negociando a lo
largo del proceso, lo que cabalmente busca
es la plena satisfacción de su propio progreso
profesional; en breve, ésa es su “meta
final”.
Por ésta y otras razones, según sea
su caso, usted inexorablemente se preocupará
en que ésta, su crucial entrevista, sea óptima,
eficiente y con un feliz resultado: ¡Su contratación!